Las Cinco Niñas del Bosque Negro

by Lore Picones
Nov 24, 2025
Las Cinco Niñas del Bosque Negro

Alma, Brisa, Cora, Dana y Emy eran inseparables. Vivían en un pueblo pequeño rodeado por el Bosque Negro, un lugar del que todos decían que estaba maldito. Una tarde, mientras jugaban en la orilla del bosque, encontraron una caja de madera antigua enterrada a medias. Dentro había un papel con una frase escrita con tinta seca: “Si entran juntas, saldrán juntas… si no, ninguna.” Las niñas, entre risas nerviosas, prometieron entrar al bosque esa noche. No sabían que algo las estaba esperando.

A medianoche, con linternas débiles, cruzaron la entrada del bosque. El aire se volvió frío, demasiado frío. Casi de inmediato, encontraron un árbol gigantesco, con marcas profundas, como arañazos. —No me gusta esto —susurró Dana. —Somos cinco, no pasa nada —respondió Alma. Pero cuando tocaron el árbol, escucharon pasos detrás. No había nadie.

Mientras avanzaban, Emy se detuvo de golpe. Había escuchado algo. Una voz suave, infantil. —Emyyy… vení… Las demás no oyeron nada, pero Emy estaba pálida. —No fue mi imaginación —dijo—. Era una nena… pero la voz estaba rota, como si estuviera mojada. Decidieron seguir, pero el bosque parecía moverse, cerrarse sobre ellas.

Encontraron una cabaña vieja y podrida. La puerta estaba entreabierta. Dentro, había cinco sillitas alineadas frente a la pared. Encima de cada sillita, un papel con un nombre: ALMA — BRISA — CORA — DANA — EMY. Las niñas retrocedieron aterrorizadas. —¿Cómo saben nuestros nombres? —preguntó Brisa con la voz quebrada. Un ruido golpeó el techo. Luego, otro. Y otro. Como si algo estuviera arrastrándose encima de la cabaña.

El techo cedió y algo cayó dentro: Un muñeco de trapo, sucio, con ojos cosidos… y un collar con una placa que decía: “Propiedad de Alma.” Alma empezó a llorar. Ella había perdido ese muñeco hacía años. Su mamá siempre dijo que “algún animal” se lo había llevado. Ahora estaba ahí. Caliente. Como si alguien lo hubiera estado abrazando hacía segundos.

Al salir corriendo de la cabaña, vieron una sombra enorme entre los árboles. No tenía forma exacta, pero caminaba como una niña… una niña muy alta, demasiado delgada. —No se separen —ordenó Cora. Pero la sombra se movía rápido, apareciendo primero detrás de un árbol, luego detrás de otro. Seguía sus pasos. Y cada vez estaba más cerca.

Brisa gritó. Algo la había tomado del tobillo y la arrastraba hacia la oscuridad. Las demás corrieron hacia ella, pero el suelo bajo Brisa se abrió como una boca de raíces. —¡Chicas, no me dejen! —gritó. La sujetaron de los brazos, pero una fuerza imposible tiró más fuerte. Un segundo después, Brisa desapareció bajo tierra. Silencio. Las raíces se cerraron como si nunca hubiera habido un hueco.

Las cuatro niñas restantes escucharon muchas voces alrededor. Voces infantiles, llorosas. —Nos quedamos solas… —Ayúdennos… —Vengan con nosotras… Las sombras se multiplicaban. Cora se tapó los oídos, pero las voces estaban dentro de su cabeza. Dana vio figuras de niñas con ojos vacíos entre los árboles. Emy sintió dedos fríos tocarle el cuello. Alma respiraba rápido, temblando. —Este bosque no nos deja salir —susurró.

Al llegar otra vez al árbol marcado, vieron un mensaje nuevo grabado con arañazos frescos: “Para recuperar una, entreguen una.” —No —dijo Dana—. No vamos a sacrificar a ninguna. Pero el suelo volvió a abrirse. Unas manos pequeñas, pálidas, trataron de agarrarlas. Las niñas corrieron. Corrieron tan fuerte que les ardieron las piernas, sin mirar atrás. El bosque rugió. Sí, rugió, como un animal gigantesco y hambriento.

Horas después, casi al amanecer, Alma, Cora, Dana y Emy lograron salir del Bosque Negro. La gente del pueblo las encontró llorando y cubiertas de tierra. Pero Brisa no apareció. Lo más aterrador ocurrió dos semanas después. Una niña tocó la puerta de Alma. Tenía el pelo sucio, la ropa rasgada… y los ojos completamente negros. —Soy yo —dijo Brisa—. ¿No me reconocen? Pero su voz no era su voz. Y cuando sonrió, había tierra entre sus dientes. Detrás de ella, en el borde del bosque, otras cuatro sombras las observaban… La historia todavía no terminó.

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